Kristóf Kömives debe tan sólo desplazarse desde su despacho judicial hasta la casa burguesa en donde se le ofrecerán unos cuantos aperitivos y pasabocas, y de allí caminar con su esposa hasta la casa. Pero este recorrido, que en términos temporales simples duraría poco, se torna intempestivamente en una serie de pliegues biográficos que dan cuenta de un ser en conflicto consigo mismo y con la sociedad en la que se desenvuelve. ¿Por qué a Kristóf, de repente, empieza a connotársele en su formación, en sus convicciones laborales, en sus modos de ser, en su comprensión del mundo?
La respuesta a esto puede encontrarse en el hecho de que en el recorrido Kristóf se ve enfrentado a una serie de fuerzas irracionales y desestabilizantes que derivan en mareos y vacíos. Éstas le quiebran su lugar objetivo y racional en el mundo, tras lo cual se pone de relieve una existencia en la que la potencia de lo onírico, lo espiritual y lo pulsional no están ausentes nunca de la propia subjetividad.
Los quiebres del alma que devienen en mareos del cuerpo.
En el encuentro que Kristóf mantiene con el médico, éste le explica: “El alma no es capaz de asimilar una emoción y la traslada al cuerpo, provocando disfunciones en el organismo” (Márai, 2002:170). A pesar de que Kristóf es un hombre que se deja guiar por la fuerza de voluntad, no puede desconocer que los mareos se presentan en el momento en que su comodidad vital se ve alterada por algún impulso o confesión que rebasa los límites de la normalidad.
Sus mareos no tienen explicación científica, pero operan como objetivaciones físicas de la condición existencial que manifiesta tanto la necesidad de adaptarse efectivamente a la realidad socio-económica que le es natural, como la denuncia del artificio y la falta de sentido en las actuaciones burguesas. Cuando Kristóf “suspira porque ve como una carga inútil las obligaciones sociales de la vida y porque sabe que no puede cambiar nada de todo eso” (Márai, 2002:14) está mostrando su capacidad para ubicarse dentro y fuera de la convención, dentro y fuera de la burguesía, pues no sólo hace crítica de la artificialidad que permea su círculo social, sino que también reconoce la imposibilidad de sustraerse del mismo.
La imágenes que ejemplifican su tensión ontológica son múltiples: a pesar de ser un prestigioso administrador de la justicia y de creer en el derecho como instrumento de regulación social, confiesa la condición fabril y maquínica de las cárceles, la imposibilidad del derecho para romper lo que ha sido unido por la ley divina (por ejemplo el matrimonio) y las dudas tajantes respecto al sentido de las normas y principios que él proclama en su profesión.
En este sentido, si los mareos provienen de su nerviosismo, entonces diríamos que los nervios siempre están ínsitos en su subjetividad, pero sólo procuran mareos cuando Kristóf debe reconocerle al otro sus posiciones no convencionales: “¿De qué me avergüenzo? Le parecía que de un momento a otro los demás van a descubrir algo, algo irremediable, y vuelve a sentirse mareado” (Márai, 2002:90).
Así, se pregunta Kristóf respecto a la realidad de sus mareos: “¿No estaría relacionada en secreto con las dudas que él alimentaba en el fondo de su conciencia sobre la validez de las formas vigentes y sobre el contenido moral de una sociedad defendida a ultranza?” (Márai, 2002: 25), es decir, que a través de la pregunta él reconoce que sus mareos corresponden a la somatización de su estado espiritual, en tanto son manifestaciones de la crisis identitaria que afronta. No obstante, a pesar de la comprensión que tiene Kristóf de su vida conflictuada, a pesar de los intentos racionales por ubicarse en el mundo, las fuerzas irracionales movilizan indefectiblemente su propio devenir.
Un “algo” que en el fondo no se quiere descubrir.
El pánico injustificado frente al mundo, la vida que juega con nosotros, el no entender nada de nuestra civilización son sólo síntomas de lo que en la existencia se le escapa a la lógica, pues la vida es mucho más abstrusa de lo que se puede decir. Desde el momento en que Kristóf asume el divorcio de Imre Greimer y Anna Fazecas afloran cuestiones y pensamientos irresolutos: “no le gustaba pensar en ello, había algo en el fondo de ese asunto que no se quería afrontar [...] ¿Había significado [Anna Fazecas] para él algo más que una mera relación social, una relación tan superficial como cualquier otra?” (Márai, 2002: 14-15).
Digamos que ese fondo permanece encapsulado ex profeso, pues en la superficie de la vida de Kristóf la familia, el hacer escuela, la vida burguesa constituían el suelo acomodaticio que se requerían para vivir sin mareos. Pero aunque las posibilidades volitivas para regular racionalmente su devenir estaban siempre presentes, es manifiesto que de comienzo a fin una especie de potencia invisible circundaba a Kristóf, como anunciándole que pronto tocaría fondo: su resistencia a abandonar el edificio, las cavilaciones constantes respecto al divorcio, los mareos e inseguridades durante la “cenienda”, el imprevisto interés hacia las personas cercanas, ese “algo” que inquietaba a Teddy. Cada uno de esos juegos incomprensibles han de aclararse, paradójicamente, en la confesión de una experiencia onírica.
Es claro que cuando los hechos no son comprendidos por la inteligencia estos se suspenden en el tiempo y en el espacio. Kristóf lo sabe: “Las situaciones así, tan desesperadas, tan irracionales e incomprensibles, sólo podemos entenderlas después, cuando ya ha transcurrido el tiempo” (Márai, 2002: 138). Y ese correr en el tiempo, ese querer comprender, está materializado en Imre, quien es capaz de clarificar a Kristóf una suerte de alianza metafísica con Anna, que se revela a través de los sueños.
Pero Imre significa mucho más: es la voz que expresa (no muy bien, pero sí mejor que Kristóf) a ese fondo que hacía rato quería sublevarse, pero que encontraba al sentimiento de comodidad como potente resguardo e impedimento. Imre es consciente de que la angustia por las vivencias oníricas de su esposa eran difíciles de explicar: “Todo está bien y, sin embargo, así, todo junto, carece de sentido. No sé cómo explicarlo. No lo comprendo ni yo mismo” (Márai, 2002: 165). Sin embargo, en el propósito de su soliloquio intentará hacer desaparecer ese vacío que lo determina, lo que es también deseo de Kristóf.
Digamos que el silencio de Kristóf —que de vez en cuando se interrumpe por una repentina tos, unas cuantas frases, una palidez extrema— opera como símbolo de aceptación de lo que Imre le expresa, algo así como que calla para otorgarle razón al otro. Los continuos “no quiero y no puede responder a esas preguntas” son signos de la resistencia de Kristóf a aceptar una verdad tácita en relación con Anna. Pero una vez expresado un “sí” respecto al hecho de haber soñado con Anna, emerge la comprensión de una realidad inconsciente y, por tanto, desconcertante que se injiere profundamente en las realidades humanas, pero que pasa desapercibida. No deja de mostrarse un tanto trivial o absurdo el encuentro entre Kristóf e Imre, pero es precisamente esa absurdidad la que permite dar cuenta de los vacíos y mareos que la racionalidad nunca explicará.
JOHN FREDY GUZMÁN VARGAS