Reseña Critica “El amante” de Marguerite Duras.
Duras Marguerite. “EL Amante”. Traducción de Ana M Moix. Ed. Maxi Tusquets. Barcelona-España. 1994.
El amante: la escritura de la muerte.
Marguerite Duras (Marguerite Donnadieu). Dama nacida en Saigón; crece en Indochina entre la hibridez producto de la colonia francesa y las formas costeras de su región. Su desarrollo intelectual se forma en Francia bajo el estudio de las matemáticas, el derecho y las ciencias políticas en Paris, luego de la muerte de su padre.
Su recorrido literario contempla la novela y el cuento, el teatro y el cine. Este interés prolífico de expresarse esta a su ves acompañado de una fuerte participación de las ideas del existencialismo de Jean-Paul Sartre y Beavouir, además de un activismo político en el partido comunista.
Su escritura esta atravesada por la soledad, la muerte y el whisky: “La soledad, la soledad también significa: o la muerte, o el libro. Pero ante todo significa el alcohol. Whisky, eso significa.”[1] Y de allí, desde ese alejarse y permanecer de la soledad, desplaza sus imágenes: fotografías de su experiencia, en retrospectiva, a la escritura de sus obras. Por ello, hablar de su obra es hablar de su vida, de su época, de la existencia.
En medio del periodo entreguerras, en la capital francesa de indochina, se desenvuelve la historia de una “pequeña” de quince años y medio y un joven amarillo adinerado de veintisiete años de edad. En el lugar de Saigón, les rodea el crecimiento vertiginoso de una ciudad incipiente al mando de las estructuras culturales de Francia y su irreversible consecuencia: la pobreza y la miseria de un pueblo.
En ese lugar el relato nace fragmentado. Esta escindido de una linealidad narrativa, de un tiempo progresivo. Así, como el recuerdo de quien cuenta la historia de su vida el tiempo de “El amante” se hace con cada palabra. Cada línea es un desembocarse en un instante. Es un dejarse en las imágenes embriagadas de otro, el mismo reconocido:
“Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre esta ahí en el mismo silencio. Es la que mas me gusta de mi misma, aquella en la que me reconozco, en la que me fascino.”[2]
Imágenes silenciosas que gritan en medio de su imposibilidad de llegar profundamente hasta el relato de estas mismas imágenes. La tarea de quien lee será entonces la de seguir su experiencia, no como quien observa, sino como quien siente cada línea, cada suceso. Como quien escucha la historia de alguien cercano decir algo de sí mismo en el momento en que lo recuerda y llora.
Entre los autobuses de indígenas, el fango a la orilla del rio, el mercado, el puerto y la grandeza de una limusina negra, él observando, ella bajando de una barcaza, se produce un instante: el encuentro de dos sujetos se revela como una “fotografía absoluta”[3], como un movimiento inamovible que ilumina las demás experiencias del relato. La experiencia del ser amante: “Existía ya desde la primera mirada o no había existido nunca. Era el entendimiento inmediato de la relación sexual o no era nada. Eso lo sabia antes del experiment.”[4] . Ese encuentro, ese movimiento irrepetible, es el lanzarse a los brazos de un amor que se desconoce, un amor que ni él ni ella, saben completamente.
Ella sigue línea a línea lo inevitable, se va con él y se entrega, se entrega sin saber nada pero en ese instante lo sabe todo. El experiment se hace doble. Ella, la joven de quince años y medio, se hace causa y consecuencia de la misma.
Por un lado, ese lanzarse transgrede los colores de la piel y la estructura social de sus vidas. Él es amarillo, nacido en china, adinerado. Ella, blanca, instruida, pero pobre. La indignación producida por la subversión de este principio es el desprenderse de su madre y sus hermanos. Esta ruptura, es la de verse dispuesta al huir a sí misma, a su soledad. Ya lo sabe y le es placentero: es inevitable.
Entonces, a la vez, la miseria que los rodea se hace presente, se hace presente en cada noche de entrega al otro. Un dolor profundo es la levedad del relato: sus caminos son claros, distantes desde el inicio. Ese placer transgresor, ese placer corporal que experimenta al ser bañada cada noche por Morris Léon -Bolle, esta lleno de llanto: esta lleno de muerte.
Y esta es la muerte de quien relata. La imposibilidad de decir es su asesino. Su intento su gran soledad. Marguerite Duras ve sus imágenes deslizarse en tinta, ausente de sí. Sola en medio de su familia: sus hermanos y su madre; sola viendo el cadáver de un cuerpo ausente. Sola con su botella de Wiskey, sus recuerdos inmortales, su deseo, su libro haciéndose: el amante.
[1] Duras Marguerite. “Escribir”. Traducción de Ana M Moix. Ed. Maxi Tusquets. Barcelona-España. 1994. Pág. 21
[2] Duras Marguerite. “EL Amante”. Traducción de Ana M Moix. Ed. Maxi Tusquets. Barcelona-España. 1994. Pág. 9
[3] Nombre inicial del libro “El amante”. Entrevista de Bernard Pivot a Marguerite Duras en el programa de televisión francés Apostrophes (1984). http://www.youtube.com/watch?v=p_8E3b8f518&feature=related.
[4] Duras Marguerite. “EL Amante”. Traducción de Ana M Moix. Ed. Maxi Tusquets. Barcelona-España. 1994. Pág 26.
Gerardo Mazutier Pérez.

escritura del deseo, del sudor, todos los días se muere un poco...
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