BATAILLE, George. La literatura y el mal. Taurus Ediciones. Madrid 1977, 150 P.
George Bataille nace en Billom Francia el 10 de septiembre de 1897 y muere en París el 9 de julio de 1962. Bataille fue un escritor que demostró con su obra un dominio amplio en áreas como filosofía, psicoanálisis, literatura, economía, política y religión. Fue miembro, junto a Roger Caillois y otros, del influyente Colegio de Sociología de Francia entre la Primera y Segunda guerras mundiales. Fascinado por el sacrificio humano, fundó una sociedad secreta, Acéphale, con el objetivo de establecer una nueva religión. Bataille tuvo un gran papel en las revistas: Documents, (1929-1931); Acéphale, (1936-1939); Critique, fundada por él en 1946. Entre sus obras más destacadas están: Historia del ojo, (1928); Madame Edwarda, (1937); La experiencia interior, (1943); El culpable, (1943); La parte maldita, (1949); La literatura y el mal, (1955); El erotismo, (1957); Las lagrimas de eros, (1961); Mi madre, (obra póstuma, 1966)[1]
Bataille en su texto La literatura y el mal analiza el mal en una literatura que es culpable de transgredir sus límites. Es una obra que problematiza desde ocho ensayos (ocho autores diferentes: Emily Brontë, Baudelaire, Michelet, Blake, Sade, Proust, Kafka, y Genet) una literatura que se encarga de negar y afirmar el bien a través del mal; es una literatura de la transgresión[2] que responde a un sentido religioso que involucra tanto la vida como la muerte, el orden y el caos, el restablecimiento del bien y del mal a través de su destrucción. Bataille nos muestra una literatura donde lo mundano y lo sagrado se mezclan. Donde la simbolización de la existencia prima revelando una naturaleza humana entregada al goce y al dolor. Es la experiencia mística que Bataille relaciona con el acto creador en una literatura que permite develar al hombre en toda su complejidad, esta experiencia es la que nos permite “conocer una verdad diferente de aquellas que están ligadas a la percepción de los objetos” (Bataille 1977, P 30) y su constante racionalización.
Bataille establece a partir del análisis de los autores antes mencionados, la comprensión del Mal que se da desde la connotación de la transgresión y la muerte como desnudez del ser, en cuanto el ser se revela en la obra literaria permitiendo adentrarnos en la constante confrontación y tensión de las fuerzas que dominan al ser humano. En este sentido se desprende del texto como esta confrontación y tensión se encamina hacia la destrucción o la muerte de la unicidad social. Es el desasimiento al yugo que nos impone la razón, en palabras de Bataille: escapar al destino que le reduce –al ser humano- a reflejo de las cosas. No obstante esta problematización del Mal como transgresión y muerte no se ancla en la obra en sí, ya que Bataille vincula a su análisis, referentes históricos de cada uno de los autores con el propósito de mostrar cómo la obra establece una compleja relación con su autor, pero a la vez con la historia.
Lo que fundamenta la emoción literaria autentica es siempre la muerte – o por lo menos la ruina del sistema del individuo aislado en búsqueda de la dicha en la duración –, ya que introduce la ruptura, ruptura sin la cual nadie alcanza el estado de trance. En ese movimiento de ruptura y muerte, lo recobrado es siempre la inocencia y la embriaguez del ser. El ser aislado se pierde en algo distinto a él. Poco importa la representación que demos de “la otra cosa”. Es siempre una realidad que rebasa los límites comunes. Es incluso tan profundamente ilimitada que en realidad no es una cosa: es nada. (Bataille 1977, P 30)
En este sentido suscitar una reflexión en torno a la relación entre literatura y el Mal, nos confronta de entrada con el problema de la muerte; mas sin embargo, si ahondamos en esta reflexión acompañados por nuestro presente histórico, nos arrojaría inmediatamente al problema de la perversión. Esta ultima entendida, como lo expresa claramente Duras en su obra “El dolor” -novela que recoge el sentimiento de angustia y de zozobra después de la Segunda Guerra Mundial-: “es el rostro de la muerte organizada, racionalizada,” donde el pueblo alemán “acaba de asesinar a once millones de seres humanos con el sistema metódico, perfecto de una industria de Estado” (Duras 1985, P 61). Lo que se desprende de esta reflexión es toda una crítica a un Mal racionalizado, un Mal que está al servicio, ya no del goce y la transgresión, sino al de la voluntad de pensar y ejecutar una muerte en pro del mero placer, el beneficio individual, la satisfacción de los sentidos o la plena objetivación de los fines; es un Mal que se hace abusando de la fuerza a costa de los débiles: y no como lo expresa Bataille de ese mal, al contrario, exigido por un deseo enloquecido de libertad, y que va contra el propio interés. (Bataille 1977, P 55)
Por otro lado, si se piensa en las consecuencias de los actos perversos como residuos empíricos de una historia marcada por la muerte atroz y sin sentido, se podría concluir que una historia de las perversiones, genera a su vez un determinismo histórico donde confluyen todos nuestros miedos: el asesinato, la pérdida material, la guerra, el exilio, entre otros temores. Estos nos sitúa en un espacio donde el terror a la muerte nos paraliza, anquilosándonos en la aceptación de una realidad prefigurada. En este punto, la transgresión como la plantea Bataille y su relación con la literatura posibilita superar y reelaborar la concepción de una realidad casi impuesta por la fuerza de los miedos. Huimos o nos paralizamos por la latencia de la finitud humana,
Lo mismo que algunos insectos, en condiciones determinadas, se dirigen juntos hacia un foco de luz, nosotros nos dirigimos todos a la parte opuesta a una región donde domina la muerte. El resorte de la actividad humana es por lo general el deseo de alcanzar el punto más alejado posible del terreno fúnebre…: por todas partes borramos las huellas, los signos, los símbolos de la muerte, a costa de incesantes esfuerzos. Llegamos a borrar incluso, si es posible, las huellas y los signos de esos esfuerzos. Nuestro deseo de superarnos no es más que un síntoma, entre cien, de esa fuerza que nos dirige hacia los antípodas de la muerte. (Bataille 1977, P 56)
Igualmente, la muerte que se nos impone por el miedo más que la destrucción material produce un temor al goce, más cuando este goce involucra una corporalidad no explorada. En el pánico a lo corporal se entretejen las relaciones constitutivas del entramado social, a la vez que se imprime una regulación pulsional en el actuar humano. El sujeto se configura desde esta regulación en los procesos de socialización, asumiéndose parte del entramado social que lo va descorporalizando por temor a la muerte, al tiempo, que se sumerge en los roles de poder[3] inherentes al proceso de objetivación del sujeto. El problema se centra en la pérdida gradual de una subjetividad reveladora de una naturaleza del cuerpo, el poder externo al que el cuerpo es sometido, constriñe y limita al sujeto a una realidad reducida a la unicidad, pues esto reafirma el bien colectivo y lo enmarca en los límites de la razón. Sin embargo, esta unicidad, que es la unicidad de una razón construida colectivamente, se diluye cuando hay un descentramiento del sujeto, producto de un trastrocamiento a sus pilares, al poder mismo y sus representaciones: la familia, la sexualidad, la religión, el Estado, entre otras.
Esto es posible a través de la exaltación al goce en la literatura, en ella podemos encontrar: la fascinación del retorno al ser a través de la muerte. Pues la literatura de la trasgresión libera “Una energía libre (no ligada) que tiende hacia la descarga, que recurre a los compromisos de la condensación y del desplazamiento, que hace coexistir los contrarios y es indiferente a la temporalización” (Green, 1990. p. 382). Se da en el ese juego de velamiento y develamiento de los opuestos – el Bien y el Mal – que hacen parte de la unidad del ser,
El Mal, en esta coincidencia de contrarios, ya no es el principio que se opone de forma irremediable al orden natural, como lo es dentro de los límites de la razón. Como la muerte es la condición de la vida, el Mal, que se vincula en su esencia con la muerte, es también, de manera ambigua, un fundamento del ser. El ser no está abocado al Mal, pero, si puede debe no dejarse encerrar en los límites de la razón (Bataille 1977, P 33)
Es por esto que es posible pensar una literatura de la transgresión, como el espacio en el cual se reinstaura la ritualidad, el sacrificio, donde se concluye la inmolación al cuerpo objetivizado por los procesos de socialización para darle paso al advenimiento de una literatura que se subvierte al poder objetivizante de la unicidad social, que se funda a si misma como centro de ese poder, pues supera el cuerpo vivido o por lo menos sus posibilidades. En este sentido, el cuerpo debe estar directamente ligado con sus posibilidades de significar y ser significado, de representar formas interiores del hombre en profundidad, y no representaciones únicamente con intencionalidades externas, vulgares y egóicas propias de las perversiones humanas.
Así, para redescubrir el placer del cuerpo desde la literatura es necesario romper con el anquilosamiento del cuerpo. Transgredir los límites de este es romper con la norma establecida a través de la confrontación entre el Bien y el Mal. Derrumbar el interdicto donde los límites ya no se configuran en la vida eterna, sino en la latencia de un tánatos y un eros. Esa es la presencia de una imagen que lleva a Sade, Duras, Baudelaire, Blake, entre otros, a proponer una imagen de mundo que no se desliga del placer corporal. No es un desdiosamiento, no es la muerte de Dios; más bien; es una fractura con sus instituciones, es la anulación de la heroicidad fantasiosa de una literatura donde el hombre pasaba a un segundo plano.
La imagen del cuerpo en esta literatura de la transgresión, concentra entonces en lo ausente y lo presente una corporalidad que se entrega plenamente al ser que se revela en una policromía de símbolos que nos sugieren perdernos en los laberintos insondables del goce. La obra de estos autores esculpen un monumento a la vida. Un monumento que devela la fugacidad de la misma, pero a la vez un llamado a vivirla. Ya que lo tánico, el aniquilamiento en el tiempo y en el espacio, nos lleva a confirmar lo contingente; pero a la vez nos sitúa en un espacio donde las posibilidades de lo erótico se redescubren en los límites: en el placer orgiástico. La literatura de la transgresión es el viaje a un orden anterior al fenómeno del lenguaje, atravesado rotundamente por la ritualidad y el inconsciente, permitiendo redescubrir el poder simbólico del cuerpo. Es el camino que se adentra en una corporalidad, que se inmola así misma en un repudio por toda forma de represión. En esencia es un ir y venir con lo místico y la barbarie que representa el sacrificio del cuerpo en el texto literario, liberando así un cuerpo entregado de manera exuberante al dolor y al goce. Así, el desvanecimiento del cuerpo constreñido es la reafirmación del eros, las fiestas en honor a la sublimación corporal, bajo los poderes de la embriaguez y del éxtasis, elevan al hombre en un olvido de sí, es decir, no sólo reconcilian al hombre con el hombre, sino al ser humano con su naturaleza. Finalmente se podría pensar, que la literatura de la transgresión tiende a desvanecer el cuerpo como un mecanismo de resistencia a las fuerzas que le constriñen, pero a la vez lo rehace en su complejidad transgrediendo estas fuerzas, enquistando la posibilidad de vivenciar una corporalidad nacida de la superación de las posibilidades del cuerpo a partir del poder simbólico inmanente a éste.
BIBLIOGRAFÍA
· BATAILLE, George. La literatura y el mal. Taurus Ediciones. Madrid 1977.
· __________________, El erotismo, Tusquets Editores, Barcelona 1997.
· DURAS, Marguerite. El dolor. Plaza y Janes Editores, España 1985.
· FOUCAULT, Michael, El sujeto y el poder, Edición electrónica de www.philosophia.cl/ escuela de filosofía de ARCIS
· GREEN, Andre. La desligazón en De locuras privadas. Editorial Amorrortu. Buenos Aires, 1990. p 372-399
[1] Biografía tomada de http://es.wikipedia.org/wiki/Georges_Bataille.
[2] La transgresión desde Bataille es la superación de la actitud aterradora que imprime lo prohibido. Parafraseándolo, es la exuberancia que produce el arrojarse a la nada a lo desconocido, o mejor a lo olvidado; pero de ningún modo la exuberancia es aniquilación, por el contrario es un ir más allá de las posibilidades que nos brinda lo aparente, es el sacrificio del cuerpo con el propósito de situarlo en la continuidad del ser (Bataille, 1997, p. 74). Se sacrifica el cuerpo y sus prohibiciones para darle paso a una corporalidad que sobrepasa sus límites en comunión con lo simbólico.
[3] Para Foucault problematizar el poder no sólo se reduce al campo de un análisis teórico del mismo, va más allá, en cuanto el poder configura la totalidad de la experiencia del ser humano y sus relaciones en sociedad.
Mis felicitaciones......que buen análisis. Esta rápida lectura reafirman varios pensamientos y reflexiones.
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